lunes, 7 de agosto de 2017

Visitando parte de los Alpes - Día 4


Sonaba el despertador para dar inicio al cuarto día.
Último desayuno en Grenoble, recogimos las maletas y nos despedimos de ella.
Me quedó la espina de dar un breve paseo con luz del sol por la zona cercana al hotel, donde estaba la catedral, por el río y aledaños, y también tener alguna vista desde la altura, como por ejemplo por la carretera que salimos el primer día camino del Col de Porte, donde por un momento en una curva pude intuir unas buenas vistas de Grenoble.

Así que dejamos esa Plaza de Víctor Hugo con el Hotel d'Angleterre.




Nuestro próximo cuartel general por dos días iba a ser Briançon, más al este, lindando ya con Italia prácticamente.
Para ello teníamos que tomar una nacional que nos llevaba directos, con las pertinentes paradas que estimáramos.
El primer lugar de paso era Bourg d'Oisans, donde echamos gasolina, localidad ligada a Alpe D'Huez.

Y allá nos fuimos, a subir el famoso puerto tantas veces final de etapa y juez del Tour. Con numerosos cicloturistas compartiendo la subida y con mucho tráfico entramos en esa primera recta durísima para acto seguido afrontar sus famosas 21 curvas, haciendo alguna parada para divisar las vistas.





Leyendo los ciclistas que daban nombre a las curvas fuimos descontándolas hasta llegar a la estación de esquí, inmensa, parece una ciudad. Seguimos hasta la parte alta donde se podía identificar el lugar que sirve de final exacto de la etapa, y donde se contemplaban verdes praderas que a partir de otoño seguramente formaran pistas de esquí.

Un ligero atajo en el descenso para salvar la estación de esquí nos proporcionó otras buenas vistas.
La niebla nos respetó a pesar de que parecía que nos iba a incomodar.






Así que llegamos abajo.


Habíamos hecho esta incursión dirección norte o a mano izquierda en el sentido que íbamos hacia Briançon y el siguiente destino lo íbamos a hacer al lado inverso.
Otra carretera de esas como la que cogimos el día anterior, en la que seguramente nadie repararía porque no tiene ningún atractivo aparente salvo una cascada y además no tiene salida, finalizando en el núcleo poblacional de La Berarde.
Pues otra vez fue un acierto pleno, 100% recomendable.
Un paisaje espectacular en pleno Parque Nacional des Ecrins, con montañas enormes a ambos lados y trazando en muchos momentos la carretera por lugares francamente complejos.





Decidimos llegar hasta el final, dejando para la vuelta alguna cascada que se divisaba. Tras una primera parte menos empinada y con mejor carretera, llegamos a un repentino ascenso durante unos 3 kilómetros, con la carretera trepando a través de la roca, en algunos tramos casi destrozada y realmente estrecha, hasta llegar de nuevo a una zona con menos pendiente pero muy estrecha, con algún túnel y sin que en la mayoría del trayecto entraran dos coches
en paralelo, habiendo cada ciertos metros zonas ensanchadas para cuando coinciden dos vehículos.





Tras más de 20 kilómetros llegamos al final de la carretera en la localidad (por decir algo) de La Berarde.
Con un camping, uno de los innumerables que nos encontramos en todo el viaje, era un lugar principalmente para alpinistas, escaladores y también amantes de la naturaleza y los paisajes como nosotros.
Con un torrente que descendía por allí con intensidad, con el agua entre azul y blanca y que nos fue acompañando a lo largo de toda la carretera, como ocurría con casi todas estas carreteras que discurrían paralelas a un torrente, que en España serían ríos en toda regla por el volumen de agua que llevaban.




A la vuelta, sorprendidos por como se había podido construir esa carretera ya que en tramos mirabas de frente y sólo
se veían montañas que te hacían pensar que aquello no tenía salida, en la población de Le Bourg-d'Arud paramos para visitar la cascada de la Pisse, a la que se llega rápido, tras unos 7 u 8 minutos de ascenso y que sorprende por el volumen y la intensidad del agua que vierte por segundo, ubicada dentro de un paisaje boscoso.







Desde el otro lado sube un teleférico hasta la estación de Les Deux Alpes, también famosa por el Tour del 98 en el que Pantani forjó su victoria ante Jan Ullrich.
Hasta allí, en coche, sólo se puede subir por carretera desde la nacional.

De vuelta a la nacional empezamos a atravesar túneles y a ascender, hasta llegar a un pantano en el que pensamos que podíamos comer y recuperar energías. 




Allí nos sentamos en un pequeño aparcamiento al pie del embalse, pero empezó a llover y nos fastidió un poco el invento. Desde una vivienda u hotel enfrente una persona nos dijo que porque no subíamos allí para protegernos de la lluvia, un detalle realmente bonito, pero decidimos no aceptar, realmente nos quedaban 4 o 5 minutos y volveríamos a meternos al coche y a seguir carretera adelante.
Dirección a La Grave, donde tampoco paramos y quizás hubiera merecido la pena, nos encontramos a mano izquierda con otra cascada, que al ser difícil de parar y no tener tan buenas vistas desmerecía con respecto a las otras contempladas, aunque el río Romanche al lado mejoraba la cosa.

Seguimos avanzando y ascendiendo ligeramente mientras el día se iba poniendo gris. Acercándonos al Col du Lautaret los paisajes empezaron a embellecerse, con praderas verdes a ambos lados y montañas espectaculares por encima de ellas, contemplando incluso un glaciar al llegar justo al puerto, en el cual viramos a la izquierda para recorrer los 8 kilómetros
que aproximadamente nos separaban de la cima del Galibier, mítico puerto de montaña asociado al Tour.









Lo hicimos a través de verdes praderas y un fuerte desnivel, con un viento que se hacía fuerte y cada vez más nubes.
Dejamos el túnel que a un kilómetro horada la montaña y evita llegar hasta arriba e hicimos cima con apenas 5 grados de temperatura, con multitud de gente parándose allí para fotografiarse con el puerto.
Al otro lado la vertiente más famosa cubierta de niebla, que se disipaba puntualmente para dejar contemplar la parte final de la ascensión.






Pero el frío y la niebla nos hicieron volver al coche y empezar el descenso hacia Briançon ya bastante próximo, no sin antes hacer alguna parada para hacer unas fotos impresionantes de las montañas y el valle que va hacia el pueblo.






Rápidamente al perder altitud desaparecieron las nubes, volvió a salir el sol y subieron las temperaturas.
Al llegar a la primera localidad, Monetier les Bains, el tráfico empezó a ralentizar la marcha. Un poco más adelante empezaba la gran estación de Serre Chevalier, cuyas pistas dan al otro lado de la montaña después de subir por telesillas.
Ya casi llegando a Briançon a mano izquierda estaba la subida al Col du Granon, marcado en la ruta de los Hautes Alpes, departamento en el que ya nos encontrábamos, pero nos quedamos con las ganas de subir a él.

Así que después de un gran atasco de entrada (eran entre las cinco y las seis de la tarde) conseguimos aparcar bastante cerca del hotel, nos registramos, pasamos a la habitación y salimos a completar la jornada. 
Antes paramos a coger provisiones, para cenar y comer al día siguiente y nos dirigimos al sur de Briançon.

Con el tiempo de luz que quedaba y la localización de los posibles destinos elegí otra carretera de esas sin salida, muy estrechas y sin aparente atractivo, le había cogido gusto, en este caso para llegar a Dormillouse.
Tras salir de Briançon y descender se entraba en un valle más amplio, con mucha más separación entre las montañas que lo flanqueaban.
Tomamos el desvío y ascendimos rápidamente hasta alcanzar otro valle interior, con camping, torrente, lo habitual vamos.
Ya sin ascender mucho más llegamos a este un pintoresco pueblo donde la carretera se bifurcaba y la que nosotros teníamos que seguir empeoraba y se hacía más estrecha, el mismo guión hasta ahora que en los casos similares.
Aquí las montañas no eran tan altas y había bastante vegetación, en diferencia a las carreteras de Gioberney del día anterior y la de La Berarde de por la mañana.

Tras superar un puente que parecía no iba a aguantar el peso del coche, varios baches y un claro en el que había aparcados una decena de Porsches (estampa francamente curiosa en una carretera poco apta para ellos),





finalmente llegamos al parking final, ya sin asfaltar donde había unos cuantos vehículos y caravanas.
Un circo, ya que estaba rodeado de montañas sin salida por ningún lado por el que descendía un importante torrente, que en teoría era fruto de la fusión de dos gargantas, una con un mínimo salto de agua y la otra con una cascada sencillamente espectacular, ambas allí, sin moverse más de dos minutos del aparcamiento.






Lo que no conseguimos encontrar fue la supuesta población de Dormillouse, la carretera se había acabado y allí no había nada. Luego investigando corroboré que había cuatro casas perdidas más arriba siguiendo la senda a pie de una de las gargantas, una lástima, seguro que habría sido un sitio sorprendente.

El circo de montañas hacía que la luz del sol ya no penetrara prácticamente allí e hiciera algo de fresco, así que nos volvimos rumbo a Briançon.




Al llegar al final de la carretera para incorporarnos a la nacional un cartel me recordó otra supuesta atracción, el Gouffre de Gourfouran y hasta allí nos acercamos ya que estábamos a 5 minutos.
No sabemos lo que sería, lo único que conseguimos ver fue dos paredes rocosas formando un enorme tajo al estilo Ronda, con colores rojizos, pero sin ver nada más, intuyendo que en algún punto debería haber un salto de agua por lo menos.
Había una pequeña senda pero que acababa rápidamente nada más entrar en la garganta, así que eso es todo lo que sabemos.

Ni los carteles explicativos próximos nos arrojaron más luz, así que nos fuimos a un mini lago cercano, con gente nómada circundándolo y con una familia de españoles medio acampados allí, que sin saber que nosotros lo fuéramos dijeron hola y se quedaron sorprendidos por responderles en su idioma en aquel lugar de Francia próximo a Italia.

Seguíamos haciendo incursiones al Parque Nacional des Ecrins, aunque en esta zona tuvimos que dejar varias carreteras sin explorar porque eran demasiadas, creo que acertamos con todas las que elegimos.
Así que volvimos a Briançon y como todavía había luz decidimos subir hasta la parte alta del pueblo, a visitar la zona antigua, patrimonio de la UNESCO por sus numerosos fuertes. A parte del existente en el propio pueblo se podían divisar otros cuatro un poco más arriba en diferentes sitios.






A mi el pueblo me resultaba familiar por haberlo visto varias veces, no sólo en el Tour de Francia, también en el Giro, que dada la proximidad con Italia ha cruzado varias veces la frontera para finalizar aquí.
Bonito sin más, muy empinado, con buenas vistas y un tamaño apropiado para no estar masificado en esa época del año.
Nos dejamos sin visitar el Parque de la Schappe en el propio pueblo y el puente de L'Asfeld, muy cercano, y viéndolo ahora da rabia viendo que estábamos allí.

Otra jornada intensa concluida, así que al hotel, a ducharse, cenar y reponer fuerzas de cara al último día alpino.

Visitando parte de los Alpes - Día 3


Amanecía el tercer día en Grenoble.
Tras el paso por el desayuno para coger energía y despertarnos nos pusimos en ruta.
A pesar de no descansar mucho ni muy bien el cansancio no hacía mucha mella debido a las ganas de seguir conociendo lugares fantásticos.
Y además este día íbamos a estrenar las carreteras sin salida y aparentemente insignificantes, en las cuales seguramente nadie repararía pero que eran impresionantes.
Una vez visto el norte-noroeste y el sur-suroeste de Grenoble hoy íbamos a explorar el sur-sureste.

Salimos buscando rápidamente nuestro primer destino, la cornisa del Drac, que iba acompañando la carretera por la que discurríamos junto un alargado embalse que formaba el propio río Drac.
Desde la altura las vistas eran magníficas, acentuadas en algún mirador todavía más.
Finalmente llegamos a una zona en la que había una especie de playa y una pasarela sólo para valientes por la que cruzar una de las partes estrechas del embalse.




Una de esas pasarelas de película, a gran altura, con traviesas de madera como suelo y dos cuerdas como barandillas.
Yo decliné aventurarme a ello y finalmente decidimos seguir adelante conformándonos con el gran atractivo que había supuesto el trayecto hasta allí.




Fuimos girando hacia el este hasta alcanzar la localidad de Corps, donde realizamos una parada para comprar algo de comer y poder avituallarnos más adelante y la pertinente parada diaria para repostar gasolina, y pusimos rumbo hacia el sur, dirección Gap, para buscar el poco conocido Col du Noyer, el cual yo había visto en la Dauphiné y me parecía espectacular.

Nada más salir de Corps nos topamos con el embalse de Le Sautet el cuál estuvimos también contemplando antes de seguir camino hacia el macizo del Devoluy, una de las partes más meridionales de los Alpes, con picos de más de 2500 metros de altitud.




Tras atravesar un gran desfiladero, al salir de él alcanzamos la muy bonita población de Saint-Etienne-en-Devoluy, desde la que ya teníamos a tiro el Col du Noyer, verde por la parte que lo ascendíamos y con un paisaje lunar prácticamente en la otra zona.




Después de disfrutar del paisaje iniciamos el revirado descenso con curvas muy cerradas y estrechas en la primera parte, con la carretera colgando de la roca prácticamente, hasta llegar al valle, el cual fuimos remontando dirección norte hacia una de esas carreteras que mirada sobre un atlas aparentemente no dice nada pero que resultó sencillamente espectacular, entrando por primera vez en el parque nacional des Ecrins, el cual nos acompañaría durante el resto de nuestra estancia en los Alpes.

Sobre el Atlas no se puede ver el relieve y uno piensa que igual es una carretera que discurre por un valle o con ligera ascensión, y efectivamente por un valle transcurre pero ascendiendo, hasta llegar a unos 1650 metros al final de la misma.
En un principio había marcadas unas tres cascadas en el recorrido de la misma.

Dejamos pasar las dos primeras para llegar hasta el final y verlas a la vuelta, pero ya en una tercera que no estaba marcada decidimos parar. Las estampas de toda la carretera con agua cayendo continuamente eran espectaculares.




No son cascadas cualquiera, son difícilmente superables.
Con una fuerte pendiente en la parte final, en la que podíamos contemplar impresionantes montañas, incluídos glaciares, en cualquier dirección.

Finalmente llegamos al refugio de Gioberney al final de la carretera, un sitio de belleza incalculable.
Un circo glaciar ante nosotros, con una pradera verde y una cascada con forma de cola de caballo.
Estaba programado comer allí, pero visto el entorno aunque no estuviera previsto lo habríamos hecho.
Nos deleitamos mientras comíamos, lo que me hizo no darme cuenta de que el sol picaba y le pasaría factura a mis brazos en días posteriores.




Una vez comido nos acercamos lo máximo posible a esa cascada, conocida como du Voile de la Mariée, y allí nos recreamos en la fotografía, con ella y con el resto del entorno.
Daba pena irse de allí, salían un montón de rutas para realizar, pero claro rutas que pueden durar casi un día entero, y nosotros no disponíamos de ese tiempo.








Así que fuimos deshaciendo esa carretera hasta toparnos con las otras dos cascadas que habíamos dejado pendientes, la Cascade du Casset, muy próxima a la carretera y que te permitía meterte debajo de ella y luego la Cascade de Combefoidre, también visible desde la carretera pero un poco más adentrada en la roca, así que intentamos acercarnos más a esta por un sendero aparentemente bien marcado, pero después de subir y subir durante más de 20 minutos nos dimos cuenta
que aquello no iba bien, y que ya deberíamos haber llegado, con lo cual retornamos ya que tenía pinta de que ese camino no te acercaba a la cascada.








Todavía antes de dejar esta fantástica carretera, justo en la otra ladera a la de las cascadas (todas en la ladera norte), había otra atracción turística. Saliendo de un pueblecillo había que subir unos dos kilómetros hasta el paraje conocido como Les oulles du diable.
Estaba yo un poco frito, como ya os dije encima el calor era fuerte y me había tostado los brazos, así que Fede fue a por agua a una fuente del pueblo para refrigerarse y acometer la empresa.
Pero finalmente pensándolo bien y aunque la carretera era tremendamente estrecha decidimos hacerlo en coche.
Nos topamos con dos o tres coches durante la subida teniendo que maniobrar nosotros para que ellos pasasen, pero lo conseguimos sin excesivos problemas.

Y algo vale que lo hicimos así, porque el punto de interés no era muy atractivo, unas pequeñas formaciones rocosas que guardaban un gran parecido con los cuernos del diablo, pero que además eran complejas de ver ya que había que hacerlo a unos 50 metros de distancia.
Así que volvimos al coche y emprendimos los dos kilómetros de descenso tras un coche, no obstante tuvimos un conato de roce con otro coche que subía conducido por un viejo francés bastante inútil.




Ya en el cruce con la nacional, en un aparcamiento existente examiné lo que quedaba por ver en el día y evalué que podíamos hacer con el tiempo que nos quedaba y pensé que podría ser atractivo visitar el santuario de Notre Dame de la Salette.
Así que nos acercamos, después de completar el bucle, a la localidad de Corps donde habíamos parado por la mañana a comprar algo de comer, desde el centro de la cual salía la ascensión al santuario.

Intuía que era una ascensión, pero no que la basílica estuviera ubicada a casi 1800 metros de altitud.
Ya una vez salido del pueblo Fede divisó una carretera que serpenteaba y asomaba en la parte alta de la montaña y rápidamente intuyó que seguramente habría que trepar hasta allí.
Y efectivamente, hasta allí hubo que subir. Una subida por una montaña verde hasta alcanzar el santuario, emplazado en un lugar fantástico, que en invierno tiene que sufrir los rigores de la climatología.






Había sido una gran elección entre los posibles sitios que nos quedaban para completar la jornada.
Intentamos recopilar un poco de información del sitio, y respondía a unas apariciones de la virgen, menudo sitio eligió para ello.
Merece la pena investigar más sobre el sitio.

Una vez visitado el santuario no quedaba más que regresar a Grenoble, previa visita exprés a Vizille, lo cual haríamos a través de la carretera conocida como la Ruta de Napoleón.
Sin parar en el pueblo de La Mure, cosa que habría estado bien, nos acercamos a Laffrey en cuyas proximidades hay tres lagos, que resultaron un poco decepcionantes.
Aunque estaban pegados a la carretera intentamos coger otra alternativa ya que al ser una nacional sería complicado parar para verlos.

El primero ni lo vimos, así que volvimos a la nacional, y los otros dos prácticamente sin parar, ya que tampoco tenían más atractivo, aunque había deportes acuáticos. Al final de ellos había una estatua de Napoleón desde la que además se podía contemplar el último lago.






Desde aquí había que descender vertiginosamente hasta Vizille, unos 700 metros de desnivel en poco tiempo.
Desde la carretera se iba viendo en el valle el pueblo y su castillo, el cual no tenía perdida para encontrarlo.
Aunque no tuvimos posibilidad de ello, la mejor estampa de Vizille era desde la altura, el castillo era un museo de la Revolución Francesa y había que pagar, y el exterior tampoco resultó excesivamente atractivo, así que poco más que un "drive through".




Lo cual dejaba algo de tiempo para recuperar una espina clavada, como era encontrar la cascada de Sassenage que habíamos intentado ver la mañana anterior a primera hora camino de Villard de Lans.
Volvimos al lugar y otra vez el GPS nos jugó una mala pasada llevándonos a una calle sin salida.
Pero esta vez tuvimos un poco más de intuición y adentrándonos en el pueblo por fin encontramos un cartel que marcaba el acceso a la gruta.

Justo donde las casas se pegan con las rocas del macizo del Furon un pequeño arco daba acceso a un mínimo aparcamiento, donde dejamos el coche. Estaba anocheciendo pero por fin lo habíamos encontrado.




Rápidamente nos dimos cuenta que el día anterior si hubiéramos seguido el arroyo que atravesaba el pueblo habríamos ido a parar allí.
Es realmente bonito como el pueblo casi se adentra en las rocas y en esa garganta en la que se haya la cueva y la cascada.
Empezamos a ascender por el margen izquierdo del agua, momento en el cual surgió un apretón gastrointestinal por parte de Fede.

En lo que atendía sus necesidades fisiológicas intenté encontrar la cascada, que me parecía que estaba allí, pero que no era visible desde ese margen. Así que seguimos ascendiendo por una senda perfectamente habilitada hasta que poco después alcanzamos la cueva. Allí el camino cruzaba el menor caudal de agua que hay en ese punto y permitía acceder al otro lado en medio de un bosque. Bajando unos 5 minutos y justo donde yo pensaba dimos con una magnífica cascada,
muy próxima al pueblo, pero a su vez en un bosque, en una garganta montañosa, con una cueva ..., no tenía la espectacularidad y la altura de las otras vistas en el día pero era fantástica también y además fue un reto encontrarla.




Toda una hazaña y un riesgo, ya que había leyendas de hadas y duendes que decidí no entrar a leer en profundidad, ya que siendo casi de noche igual me habrían quitado las ganas de internarme por aquella zona.

Volvimos al coche y de camino al hotel. Una ducha y como punto final a la estancia en Grenoble fuimos a cenar a un Burger King que había en la misma plaza de Víctor Hugo, donde estaba el hotel, y luego otro paseo por la ciudad, una vez más nocturno, no conseguimos verla de día.
No había prácticamente nada de gente, era domingo ya y tarde, pero también era julio.
Así que muy tranquilo por las zonas colindantes y al rato a descansar al hotel para recuperar fuerzas.

domingo, 6 de agosto de 2017

Visitando parte de los Alpes - Día 2


Después de un descanso no muy grato, pocas horas, mala cama, mala almohada, mucho calor, y como colofón las campanadas de una iglesia contigua, bajamos a desayunar para coger fuerzas de cara a iniciar el segundo día alpino.

En esta ocasión nos dirigiríamos al sur-suroeste de Grenoble, atravesando el parque natural de Vercors, zona quizás ya no alpina o con montañas más bajitas.

Intentamos inicialmente encontrar una cascada ubicada en la próxima población de Sassenage, un pueblo pegado a las rocas del macizo del Furon.
Pero el GPS no sabía llegar y no estuvimos muy despiertos a la hora de intuir donde estaba, así que abandonamos la idea y seguimos camino rumbo a Villard de Lans, para lo cual había que ascender de 200 metros hasta 1000, a través del macizo de Furon.
Una bonita carretera que nos dejó en una meseta preciosa, verde a más no poder, con casas a ambos lados y con Villard de Lans al fondo.




Tras hacer un "Drive Through", nos dirigimos hacia el Col de Rousset, hacia la zona más al sur del día, a través del desfiladero de la Bourne (otros Gorges).
Unas fantásticas paredes rocosas entre las cuales se había encajado la carretera de forma compleja, tanto que en varios tramos no cabían dos coches en paralelo.




Tras recorrer este largo desfiladero llegamos a una zona orográficamente más tranquila, sin montañas altas a ningún lado y con una pendiente de ascenso escasa.
Parada en un pueblo a recoger agua de una fuente y rumbo hacia el puerto.

Con un par de kilómetros finales un poco más empinados llegamos arriba, y para descender a la otra parte cruzamos un pequeño túnel que nos dejó ante una bonita estampa de curvas y recurvas en un largo descenso que debería llevarnos hasta el valle de la Drome, habíamos dejado el departamento del Isere, al que pertenece Grenoble y que da nombre al inmenso río que pasa por dicha ciudad para entrar en este que también da nombre a un importante río.




El descenso sin ser excesivamente pronunciado, era largo y debería bajarnos de los 1200 metros hasta los 200 aproximadamente.
Tras disfrutar del mismo, alcanzamos la localidad de Die, donde hicimos una parada pero no logramos encontrar nada de interés, además que un mercadillo (era sábado) lo invadía todo, así que simplemente perdimos el tiempo.

Ahora si que estábamos en el punto más meridional del día, así que después de circular un tramo en dirección oeste (en Pontaix intentamos visitar una cascada pero no la encontramos), empezamos a virar hacia el norte.

Nuestro próximo destino era la Chute de la Druise (una cascada o un salto de agua, porque habitualmente se llaman cascade).
Pero la zona por la que íbamos no nos hacía ser muy optimistas, estábamos a relativa poca altitud, en una zona poco verde, y sin muchas montañas colindantes.
Eso sí, los carteles de indicación estaban presentes, y cuando es así, lo lógico es que tenga agua permanentemente.
Al llegar a la localidad de Plan de Baix giramos a la derecha rumbo a la cascada.
Tras unos kilómetros llegamos a un aparcamiento pequeño pero lleno, lo cual nos hacía pensar positivamente.

Una senda desde el aparcamiento marcaba el camino para llegar a la cascada, entre 20 minutos y media hora.
Pasada la mitad del descenso se me dobló el pie izquierdo, y un poco más adelante una segunda torcedura del mismo tobillo que me lo dejó muy maltrecho.
Inmediatamente llegamos al salto de agua. Simplemente espectacular, posiblemente el mejor que hubiera visto hasta el momento, con una pequeña laguna debajo y luego el arroyo corriendo.




Nada más llegar metí el pie en el agua fría para bajar la posible inflamación y no vino mal.

El paraje era incomparable, como para pasar un día entero allí, pero nosotros teníamos una agenda muy apretada y muchos más sitios que recorrer ese día.
Así que con mi tobillo dañado retornamos hacia el coche subiendo el camino antes descendido.

Intentamos salir de allí por otra carretera que nos llevó a pasar por la Cascada de la Pissoire, muy floja al lado de la que acabábamos de ver, a través del los Gorges de Ombleze.




Pero unos kilómetros más adelante la carretera se acababa, así que tuvimos que deshacer ese tramo perdiendo nuevamente un buen rato de tiempo que podríamos echar en falta más adelante.

De nuevo se nos presentó el problema del día anterior con la gasolina. El mapa no marcaba ninguna estación para repostar en nuestra ruta ni relativamente cerca.
Finalmente buscando por internet si que había una en Saint-Jean-en-Royans, aunque para llegar hasta allí con el plan trazado había que recorrer bastantes kilómetros, con mucha curva y mucho ascenso.
Realmente quedaba gasolina de sobra hasta llegar allí, así que nos quitamos la preocupación y seguimos la ruta.

Pero llegados a la localidad de Leoncel nos confundimos de carretera. Empezamos a descender y descender cuando deberíamos coronar el Col de la Bataille, pero aquello no cambiaba de inclinación y me empezó a mosquear.
Finalmente me di cuenta que sin querer habíamos cogido una carretera diferente que nos llevó directamente hasta Sain-Jean-en-Royans.

Ya que estábamos allí paramos en el Intermarché a echar gasolina y a comprar comida, y además compré una venda para mi tobillo.
A la salida del pueblo encontramos una pradera con bancos para comer y allí estuvimos degustando nuestro típico menú para estos días, pan y embutido, aderezado con algo de dulce (algún yogur o natillas) o de salado (patatas fritas).

Ahora había que deshacer el desaguisado que había supuesto esa equivocación de carretera que nos había hecho saltarnos unos cuantos sitios, así que intentamos retroceder por la carretera por la que tendríamos que haber llegado hasta allí.
Así que por la D-131 nos dirigimos a una carretera sin salida que tenía un lago (el cual no existía) y que nos dejaba a los pies del Col de la Bataille pero a muchos metros de altitud del mismo.




Así que otra vez para atrás y ahora sí empezamos el ascenso por una carretera que iba serpenteando a través de la roca de manera milagrosa, hasta que al final cruzaba un túnel y nos transportaba al otro lado de la masa de rocas.
Ya ganada casi toda la altitud seguimos avanzando entre el bosque rumbo al puerto, pero cuando llegamos al primer mirador de los varios que debería tener decidimos parar, contemplar las vistas y no seguir más allá, dejando con ello supuestamente una cascada también.




Así que de vuelta, para hacer el trayecto que originalmente teníamos que haber hecho hace un rato.
Al llegar al Col de la Machine se abrió ante nosotros un magnífico circo, que recordaba en cierta medida a cuando estuvimos este año en el Salto del Nervión.
Pero además del inmenso cañón rocoso, lo más llamativo era la carretera construida en la roca por la que deberíamos seguir, atravesando numerosos arcos de la propia piedra.




Estábamos en el Combe Laval, el cual yo creía que estaba en el valle que formaban ambos cañones, pero que claramente era aquello.
Unas vistas magníficas. Recorrimos despacio la zona de los arcos naturales, porque la carretera te obligaba a ir muy despacio y también para deleitarnos con la zona, como estaban haciendo más turistas.





Una vez saciados de aquel entorno seguimos con la jornada, rumbo de nuevo a Saint-Jean-en-Royans, por donde ya habíamos pasado.
Desde allí continuamos el próximo Saint-Nazaire-en-Royans donde había un viaducto, pero éste estaba prácticamente tapado por construcciones, además de ser un viaducto moderno claro.
Así que una parada rápida y rumbo hacia Pont-en-Royans que tenía más sustancia.




Aparcamiento a la entrada del pueblo. Desde allí bajamos al río y recorrimos el paseo que transcurre a su lado hasta que alcanzamos sus casas colgantes, algo similar a Cuenca pero en mucha menor altitud y sobre un río y no sobre un cañón, pero muy pintorescas en un entorno muy atractivo, con los gorges asomándose prácticamente al pueblo.




Volvimos al coche por el interior del pueblo y seguimos que ya estaba cerca de anochecer y todavía estábamos lejos.
Nada más abandonar el pueblo entramos en otro desfiladero (gorges) que nos llevó hasta la localidad de Choranche dónde debía haber una cueva bastante atractiva e importante pero que a esas horas no podíamos visitar, a parte de que debía quitar mucho tiempo.



Un poco más adelante salía a la izquierda otra carretera contorneada en verde en la guía, o sea de atractivo turístico, y aunque estaba nublado y eso casi hacía que fuera de noche y que no llevaba a Grenoble decidimos tomarla.
La Route des Ecouges.
La carretera ascendía por unas praderas de lo más verde que uno se pueda encontrar, con dos o tres atractivas y pequeñas poblaciones, hasta que se corona un puerto de montaña.

A partir de ahí la carretera se hacía más estrecha y peor asfaltada y descendía, por momentos bruscamente.
Aunque la guía marcaba algo allí, dado que no lo encontrábamos, la hora, el tiempo y que aquello parecía una carretera fantasma, decidimos dar la vuelta.
Finalmente si que había muy poquito más adelante un mirador, un cañón y una cascada supuestamente, pero que tampoco quizás hubiéramos podido ver porque creo que no estaba a mano, así que por lo menos nos quedamos con el recorrido que hicimos que estuvo chulo.




Volvimos a la nacional y entramos otra vez en el desfiladero de la Bourne, que nos llevó a Villard de Lans, no tan atractivo como a la mañana con el cielo azul y las praderas completamente verdes.
Ya estábamos muy cerca de Grenoble, pero en vez de bajar por un desvío anterior volvimos por donde habíamos accedido por la mañana, así que quizás perdimos en esa carretera algún desfiladero más.

Llegada al hotel, conseguí ver como había la contrarreloj final del Tour y a ducharse y a cenar algo.
Tras ello un paseo por Grenoble, pero otra vez empezó a llover y tuvimos que ir refugiándonos y como no paraba tuvimos que ir acortando para volver al hotel.

Así que a dormir que había sido otra paliza.

Se quedaron sin ver esta vez menos cosas, casi cumplimos el guión trazado.
Quizás el col de la Bataille por ese error al tomar una carretera, los Gorges de Nan que eran opcionales, la cascada de la
Ruta des Ecouges y Voreppe o Voiron, con un monasterio y una cascada, la de la Pisserotte en sus alrededores.

Visitando parte de los Alpes - Día 1



Mucha gente asociará o pensará que los Alpes son el Mont Blanc y algo más, cuando realmente son kilómetros y kilómetros de cadenas montañosas, difícilmente abarcables.

En cinco días intentamos abarcar una parte de ellos.

Desde nuestro cuartel general de Grenoble, donde llegamos sobre la una de la madrugada, amanecimos el primer día de los cinco que íbamos a dedicar a los Alpes.
Desde Grenoble salen infinidad de carreteras toda la zona está construida por todas partes y llena de carreteras, así que es imprescindible llevar un método de orientación, el teléfono y el Google Maps quizás sea lo más cómodo ahora que ha desaparecido el "roaming".

Nuestro primer día transcurriría por la zona al norte de Grenoble.
El primer destino era un lugar conocido como el Circo de Saint Meme. Salimos dirección al Col de Porte, un duro y digno puerto del Tour de Francia, de los muchos que hay por la zona, unos 18 kilómetros a más del 6%, aunque se corone a 1326 metros sobre el nivel del mar.




Paisaje continuamente verde pero con formaciones rocosas curiosas y espectaculares. Estábamos atravesando el Macizo de la Chartreusse.
Atravesamos Saint Pierre de Chartreusse, entre los puertos de Porte y Cucheron y ascendimos éste último.

Después de dos exigentes puertos de montaña se nos sobrevino el primer problema. Andábamos escasos de gasolina y más teniendo en cuenta el alto consumo de mi coche, y no había aparentemente ningún sitio donde repostar cercano, lo cual nos estuvo a punto de cambiar los planes y posiblemente el día no habría salido tan bien y se hubieran quedado sitios en el tintero.
Pero a la salida de la bonita localidad de Saint Pierre D'Entremont, justo donde se desvía la carretera hacia el Circo de Saint Meme, apareció cual Oasis una mínima estación de servicio, en la cual pudimos saciar la sed del coche y con ello también subir nuestro estado de ánimo y olvidarnos de las preocupaciones.

Así que volvimos hasta el desvío y recorrimos el pequeño trecho hasta el parking del Circo de Saint Meme.
Ya ese paisaje sólo de por sí era magnífico, pero decidimos realizar la pequeña ruta que nos llevaría hasta la cascada.
Tras un breve ascenso llegamos a un primer tramo de cascada, visto a ligera distancia y tras un esfuerzo mayor y un ascenso más prolongado llegamos a la base de la primera cascada (realmente quedaba otra más arriba, pero quizás inaccesible).




Una cascada fantástica en plena pared rocosa del circo y rodeada de bosque además, magnífico.





Deshicimos el camino hasta el coche, un sobao para reponer fuerzas, una llamada de teléfono ya que era el cumpleaños de Fede y a seguir con el día.
La carretera ahora nos llevaba hasta el Col du Granier, un puerto con una vertiente muy dura aunque no ésta que afrontábamos.
En lo alto nuevas vistas sorprendentes del Macizo de la Chartreusse.



Iniciamos el descenso hacia Chambery, atravesando algún túnel entre las rocas del Macizo.
En el descenso se tenían buenas vistas de Chambery.
De momento no paramos y nos dirigimos hacia el norte, rumbo al Lago de Annecy, por el Col du Plainpalais.

Avanzamos intentando localizar un punto turístico conocido como Pont du Diable, el cual no conseguimos encontrar, así que seguimos iniciando el descenso hacia el Lago de Annecy, dejando a la izquierda Semnoz, donde Nairo Quintana ganó su única etapa en Tour de Francia. Las vistas sobre el lago eran fantásticas.




Llegamos a él por la localidad de Duingt, asomada al Lago en un entrante al mismo y lo empezamos a rodear de sur a norte y de oeste a este.
Haciendo alguna parada más para contemplarlo, finalmente pusimos rumbo al extremo norte del lago, en la localidad de Annecy.

Llevaba un rato poniéndose nublado el día. Lo primero que hicimos fue buscar un sitio para comprar algo de comer.
Así que localizamos un Carrefour y nos aprovisionamos de comida. Mientras lo hacíamos se oía como caía una buena tormenta fuera.

Al salir efectivamente todo estaba mojado. Encontramos un sitio perfecto para comer, un banco en una especie de parque, donde mientras comíamos había gente joven jugando a la petanca, cosa que luego vimos que era bastante común.
Después de reponer fuerzas nos dirigimos a la zona más atractiva de Annecy.
Aparcamos en un subterráneo y al salir estaba diluviando otra vez.
Fede se puso a llamar a mamá y justo en ese momento sonó un trueno espectacular y cayó un rayo muy cerca de allí, tan cerca que dio la impresión de provocar algún daño físico o personal ya que empezaron a sonar sirenas de policías, bomberos y ambulancias y se acordonó un parque junto al lago.

Cuando la lluvia dio una ligera tregua, dimos un paseo para visitar la zona, alrededor del lago.
Un sitio fantástico.




Al ir a pagar el parking, las máquinas no funcionaban, parece que consecuencia de ese rayo que había caído, así que nos salió gratis.

Las numerosas vicisitudes, sobre todo la tormenta, nos habían hecho perder mucho tiempo y ya estaba entrada la tarde. Así que pusimos rumbo al otro lago, el de Bourget, todavía más grande.
De camino hicimos una parada en el pueblo de Alby sur Cheran, muy bonito, de aspecto medieval, con un puente, una fuente, calles empedradas y empinadas y viviendas muy pintorescas.




Y desde ahí ya sin parar, hasta Aix les Bains, junto al lago de Bourget.

Había medio niebla y parecía medio de noche lo cual le restó mucha vistosidad al sitio.
Desde el lago se podía intuir la silueta del Mont du Chat en la otra orilla, recién subido en el Tour de Francia, y desde el que hay unas vistas fantásticas, pero evidentemente tuvimos que olvidarnos de ello.
Así que tras estar un rato al pie del lago buscamos un arco romano y la iglesia de Aix Les Bains, bajo una intensa lluvia, así que me calé mientras sacaba unas fotos.




Así que mientras me secaba con la calefacción del coche recorrimos la poca distancia que nos separaba de Chambery.
Ya sin problemas de aparcamiento, pero si de lluvia, seguía cayendo mucha agua.
Dejamos el coche en las proximidades de la fuente de los elefantes que me resultó curiosa, recordándome a la de Catania en Sicilia, y que parecía un buen punto en el que aparcar y dar una vuelta por allí.
Así que yo con mi chubasquero y Fede con un paraguas nos pusimos a recorrer la zona más interesante de la localidad, que resultó estar bastante bien, pero la cantidad de agua que estaba cayendo nos hizo no profundizar en exceso.




Vista la hora y la climatología dimos por concluido el día. Nos quedaba retornar a Grenoble, a unos 70 kilómetros.
Lo hicimos por la nacional paralela a la autovía que va de Grenoble a Albertville. Así que calefacción a tope para secarme que estaba empapado. Ya en la noche a ambos lados se veían las siluetas fantasmagóricas de numerosas montañas.

Ducha urgente y cena y sin más casi a descansar que el primer día había sido largo y duro, y más con la intensa lluvia.

Se quedaron sin ver además del Pont du Diable y el Mont du Chat, Miolans, Seythenex, Thones, Thorens-Glieres, Seyssel, Chaley a Hauteville, Motrottier, los gorges de Guiers Mort y de Guiers Vif, el Pont de l'Abime, el monasterio de la Grand Chartreusse y la cascada de la Pisserotte.
Quizás era el día más cargado, por ser el día inicial, y además el mal tiempo, los problemas de gasolina y el orientarnos nos hizo perder mucho tiempo.

viernes, 16 de junio de 2017

Laguna del Barco




Desde Madrid a El Barco de Ávila, parando en Ávila a desayunar, y desde El Barco dirección Cáceres por la carretera que atraviesa el Valle del Jerte, desviándonos a mano izquierda rumbo al pueblo de Umbrías, desde aquí seguimos dirección a Nava del Barco, ascendiendo por carretera estrecha.
Justo cuando coronamos con unas antenas a mano izquierda, a mano derecha encontramos el aparcamiento desde el que inicia la ruta.
Hay tres lagunas en la zona, cada una de ellas con una ruta diferente, pero ésta me pareció la más interesante, sin renunciar a hacer las otras en otro momento.
Sorprendentemente rodeados por picos de hasta 2400 metros, y digo sorprendentemente porque ya se aleja un poco el centro neurálgico de Gredos y estamos casi en Cáceres.

Con un mapa de explicación en el aparcamiento, aunque no llegamos pronto, sólo otro coche parecía haber elegido realizar nuestra misma actividad, al fin y al cabo era día de diario.

No tengáis ningún miedo a perderos o saliros del camino, no hace falta ni que vayáis muy documentados, el camino siempre es visible y reconocible y sólo hay un par de puntos en el que podrías tener una mínima duda pero muy mínima.

La primera parte transita por un monte que se eleva paralelo al valle por el que discurre la carretera que baja a Plasencia.
Con un pequeño bosque a nuestra izquierda y continuos ganados de vacas, el primer hito es una caseta de piedra supongo que para pastores, la cual se alcanza relativamente rápido ya que se tienen las energías intactas.
Desde aquí, a mano izquierda tenemos unas canalizaciones de agua y al fondo las gargantas por las que desaguan las otras dos lagunas.





Siguiendo en paralelo, en altura, junto a la carretera, vamos ascendiendo ligeramente, y descendiendo en alguna ocasión, llegamos al único punto de duda de por donde seguir, junto a unos prados con vacas a mano derecha. En esa dirección se ve un camino que lleva hasta la localidad de Puerto Castilla.
Nosotros a la izquierda, dirección a los picos que se ven.

Empezamos a circular por la Risca del Águila. Después de ganar un poco de desnivel alcanzamos la parte más clara y bonita de la Cuerda, ya con la garganta a nuestra izquierda y divisando en el horizonte dos bonitos saltos de agua y el circo de montañas al fondo, donde se intuye esté la laguna.








Avanzamos por la Cuerda y el camino se encajona entre una pared de piedra, por la que avanzamos hasta que el camino desaparece un poco y te indica que bajes junto a la garganta, al lado de un refugio, ya que de frente es imposible continuar.




A mano izquierda hemos dejado el primer salto de agua, habría que retroceder para verlo de cerca, aunque las mejores vistas quizás sean desde la cuerda.
Una vez aquí podemos continuar pegados a la garganta y su cauce todo el rato, o pasado el obstáculo natural de piedra volver a ascender un poquitín para coger el camino lógico, aunque ya prácticamente sin delimitar.

Pasamos junto al segundo salto de agua y llegamos a una especie de meseta, aunque seguimos sin ver la Laguna ya se intuye su proximidad al fondo. Seguimos avanzando por una pradera, con unos meandros que forma el cauce del desagüe de la Laguna y por fin alcanzamos el final de la ruta.
Allí a la entrada hay un tercer refugio o caseta.






En la Laguna han construido una especie de dique y han dejado un lugar para desaguar.






Sin ser tan grande como la Laguna Grande de Gredos, el circo de montañas que la rodea es parecido, haciendo muy difícil salir de allí si no es por donde se ha venido.
Y la paz y la tranquilidad del lugar así como la belleza del camino hasta llegar la sitúan en mi opinión por delante de la Laguna Grande.
Allí nos encontramos dos personas, las únicas de todo el recorrido, los del coche del aparcamiento, con los que hablamos un rato.

Llevaba apuntado que había una fuente muy próxima al refugio, y efectivamente, por la orilla izquierda de la laguna, tan sólo 50 metros más allá, y al borde del agua, hay un caño de agua abundante y fría que desagua directamente a La Laguna.

Después de reponer fuerzas con un bocadillo, viaje de vuelta, que se hizo más o menos rápido pero que a partir del kilómetro 15 aproximadamente (23 en total ida y vuelta), empezó a pasar factura en cuanto a cansancio.
Con las vacas mirándonos como diciendo, de donde vendrán estos majaderos, fuimos deshaciendo el camino, hasta que unas 6 horas después de salir (incluyendo la parada del bocadillo y las paradas para las fotos) regresamos al punto de partida con un importante calor corporal y cansancio.

Dada la cercanía nos acercamos al Barco de Ávila, contemplando antes en Tormellas un interesante puente, y otro ya llegando a Barco, al que sumar el famoso puente de esta localidad y su castillo.






Así que una vez descansado un poco emprendimos viaje de vuelta a Madrid para finalizar esta bonita e intensa ruta que casi nos llevó todo el día.