domingo, 29 de enero de 2017

Ruta de Castillos en Valladolid



Cambiamos por un día las rutas de senderismo por el campo y la naturaleza para buscar esta vez una ruta más cultural y de arquitectura.

Una ruta por los Castillos de Valladolid, posiblemente la provincia con más castillos de España

Este era el menú y el plan inicial

Medina del Campo
Urueña
Torrelobatón
Fuensaldaña
Trigueros del Valle
Villafuerte
Curiel de Duero
Peñafiel
Íscar
Portillo
Medina del Campo

(También se podía incluir Cuéllar, pero éste ya lo conocíamos y además es de Segovia y no de Valladolid)

Y esto plasmado sobre el mapa





Aunque luego añadimos Tiedra a la ruta, paramos en Wamba que pillaba de camino y nos quedamos con las ganas de ver Portillo en condiciones, ya era de noche, y tuvimos que dejar de ver Íscar, que quedará pendiente para otra ocasión.

Saliendo de Madrid sobre las 8 de la mañana, el punto de reunión era Medina del Campo, principio y final de la ruta.

Con la ola de frío prácticamente finiquitada, no obstante de camino allí, una vez superada la sierra de Guadarrama, había muchos puntos con temperaturas bajo cero.

Tras encontrar un sitio donde dejar estacionado un coche durante el resto del día nos dirigimos a tomar un buen desayuno caliente para empezar la jornada y combatir el frío.

Una vez entrados en calor nos dirigimos al Castillo de la Mota, uno de los más famosos, importante históricamente y bonitos de España.

Para mi, en una escala de 1 a 5 (siendo 5 lo mejor), un castillo de 5.




El siguiente punto en el planning era Urueña, que no contenía un castillo como tal al uso, pero sí unas murallas.
Cogimos la autovía, pasamos Tordesillas y nos desvíamos en la salida que lo marca.
Justo antes de llegar allí nos topamos con ésta chulísima Ermita.




Y desde ella, una de las vistas más chulas de Urueña, que da sensación de villa amurallada de otros tiempos, incluso de la época bíblica.
Una vez allí había tramos de la muralla habilitados para subir y andar por ella y el pueblo, pequeño, era muy bonito.
Primer destino completado.




La hora no parecía preocuparnos pero nos habíamos comido un buen trozo de mañana. Nos dirigíamos hacia Torrelobatón, pero unos carteles que nos indicaban Tiedra nos hizo cambiar de idea y modificar el planning.

Nos desvíamos hacia Tiedra, que debería haber sido el primer destino ya que está al otro lado de la autopista, y allí nos acercamos hasta el castillo, bastante bien conservado aunque con síntomas de haber sido restaurado recientemente.

Un castillo de 2 en la escala.





Como habíamos perdido bastante tiempo con este desvío y además el pueblo no tenía nada más (y habíamos ido a ver exclusivamente castillos) nos dirigimos directamente al siguiente destino, Torrelobatón.

El castillo está en un pequeño montículo en el centro del pueblo, desde lejos se ve perfecto, pero desde cerca es difícil abarcarle para tomar una buena estampa.
La altura de la torre del homenaje es tremenda, el castillo impresiona.

Podría estar rondando entre el 3 y el 4 en valoración.




Desde ahí deberíamos dirigirnos hasta Fuensaldaña, pero como la carretera pasaba por el curioso pueblo (lingüísticamente hablando) de Wamba, allí que hicimos una nueva parada.

Paramos junto a la bonita iglesia que tenéis debajo, muy bonita e hicimos una foto a la estatua del Rey Wamba existente en el pueblo, y continuamos camino.





Llegar hasta el siguiente destino nos costó. Estaba próximo pero para llegar sólo hay una carretera y como nos confundimos, al coger la autovía que va desde Valladolid a Palencia no había salida directa.
Así que tuvimos que tomar la salida hacia Villanubla, donde está el aeropuerto, y tras hacer allí un intento fallido por comer seguimos hasta Fuensaldaña, donde llegamos rápidamente.

Lo primero que hicimos fue buscar un sitio para comer, y lo encontramos por 15 euros en un pequeño Asador del que salimos muy satisfechos.

Enorme variedad (unos 10 primeros y 10 segundos), buena calidad y buena cantidad.

Una vez recuperadas fuerzas nos fuimos a ver el castillo. De estructura y dimensiones parecidas al anterior, su Torre del homenaje era más bonita. Estaba ubicado en el centro del pueblo, en un entorno más elegante y la impresión era majestuosa igualmente.

Otro castillo con valoración 3 o 4 sobre cinco.




Entre los problemas para llegar a Fuensaldaña y el tiempo empleado comiendo se había hecho relativamente tarde para todo lo que quedaba.

El siguiente destino ya estaba más lejos. Montamos en el coche y nos dirigimos a Trigueros del Valle.

Allí, además de una ermita en lo alto de un montículo dominando el pueblo, que no visitamos por falta de tiempo, nos encontramos con un castillo de grandes dimensiones, con una fachada principal relativamente conservada pero con el resto en bastante mal estado, no es un castillo derruído, pero si con serios desperfectos.

Digamos que un castillo de valoración 1.




De vuelta al coche rumbo a Villafuerte (Villafuerte de Esgueva en algunos sitios). 

Allí en lo alto del pueblo (ubicación habitual de los castillos), nos encontramos con un castillo de estructura similar a los de Torrelobatón y Fuensaldaña pero con menores dimensiones. No estaba en un entorno especialmente bonito, con mucha maleza alrededor y algo de chatarra, pero no obstante es un castillo interesante que sin problemas puede recibir una valoración de 2.




Con el atardecer amenazándonos y mucho por recorrer todavía, teníamos la esperanza de llegar por lo menos en buenas condiciones a Peñafiel y a partir de ahí valorar.

Después de pasar por Pesquera de Duero y su multitud de bodegas de gran renombre seguimos hacia Peñafiel que ya se vislumbraba a lo lejos. Prácticamente pegando a Peñafiel se encuentra Curiel de Duero. 
Éste castillo sólo lo pudimos contemplar en la distancia, ya que se ha convertido en una propiedad privada dedicada a la hostelería.
Eso sí, la ubicación sobre una roca elevándose por encima del pueblo le daban un aspecto muy interesante.
Además en el pueblo había una bonita plaza con una puerta-muralla y una fuente.





Por fin llegamos a Peñafiel, otro de los castillos más impactantes de España, por su tamaño y su ubicación.
El cielo ya más que naranja estaba tornándose oscuro, el sol ya se había puesto casi completamente y las luces del pueblo estaban encendidas dada la oscuridad ya reinante.
Después de dar varias vueltas por el pueblo encontramos la carretera para subir.
Ya quedaba muy poca gente allí y empezaba a hacer mucho frío.
Hicimos alguna foto, aunque las más bonitas de este castillo son en la distancia, y aunque quedó un punto de decepción por el poco tiempo que pudimos dedicarle (el pueblo también parecía chulo) por lo menos pudimos llegar hasta allí. 
Pero visto que quedaron más cosas pendientes, bien merecerá volver a visitarlo en mejores condiciones de luz.
Un castillo que también merece la valoración máxima de 5.




Una vez de vuelta al coche cogimos la guía de carreteras y valoramos la situación.
Quedaban dos castillos pero era absolutamente de noche.
Además estaban mal comunicados.
Así que decidimos pasar por Portillo que estaba justo de camino hacia Medina del Campo.
No estábamos cerca y teníamos que transitar por carreteras estrechas, sin ningún tipo de iluminación y que no conocíamos.
Así que casi después de una hora de trayecto alcanzamos Portillo.
Situado en una loma en la prácticamente llana provincia de Valladolid tenía pinta de ser un pueblo chulo y su castillo más todavía.
Lástima de la escasa luz y el profundo frío.
Dimos una vuelta al castillo, que tenía la impresión de tener una valoración de tres, y quedó emplazado para una nueva visita junto con el no visitado de Íscar, el de Peñafiel y alguna cosa más.




Así que ya sólo quedaba cerrar el círculo y retornar a Medina del Campo, donde también quedó por disfrutar de algo más que el castillo, pero otro día sería, ya que también me quedó pendiente Simancas, Tordesillas y la propia Valladolid.

En total el trayecto supuso más de 300 kilómetros por la provincia de Valladolid y un montón de sitios chulos.

Una vez allí, yo de vuelta a Madrid y mi hermano y Noelia a Valladolid.
Llegué sobre las 22.15 de la noche después de haber salido a las 8 de la mañana.
No está mal para una sóla jornada!






domingo, 15 de enero de 2017

Subida al cerro San Pedro



Después de un paseo hasta la Laguna de Peñalara que es conocida por todo el mundo, la siguiente ruta que emprendimos fue al Cerro de San Pedro. Mi hermano tiene trillada toda la Comunidad de Madrid, pero justo este lugar no lo había explorado, así que hacia allá fuimos.

Por la carretera de Colmenar y llegado a éste cogiendo la carretera rumbo a Guadalix hasta el kilómetro 7,5 aproximadamente,
donde en un repecho, a mano derecha queda una casa vieja y una explanada donde se deja el coche.

Una vez aquí no hay ninguna pérdida. Se salta un pequeño muro de piedras y se sigue el camino perfectamente delimitado. Rápidamente nos encontramos una fuerte pendiente para posteriormente suavizar en un camino con bastantes piedras, lo que hace que sea recomendable llevar calzado de montaña aunque se pueda realizar con unas zapatillas normales.

Tras poco más de dos kilómetros y unos 400 metros de ascenso vertical llegamos a la cima donde nos espera la recompensa, sus vistas.
Aunque no era el mejor día para esta recompensa, ya que estaba activado en Madrid el protocolo y las restricciones por alta contaminación.

Pero aún así, con un día completamente despejado las vistas hacia el oeste y norte eran magníficas, con el embalse de Santillana y Manzanares el Real, la Pedriza, la Bola del Mundo, La Cuerda Larga, Soto del Real, Miraflores de la Sierra, la Morcuera y Bustarviejo, perdiéndose más allá el alcance nítido de la visión.

En cambio tornando la mirada hacia Madrid, primeramente se podían ver unas buenas dehesas donde posiblemente haya ganaderías bravas, pero entre la neblina y la contaminación Madrid estaba completamente difuminada y costaba diferenciar más allá de las cuatro torres del Paseo de la Castellana.

No obstante el sitio, con visión circular es muy interesante.

Para el descenso no hay que relajarse, ya que debido al fuerte desnivel y a las numerosas piedras hay que ir continuamente mirando al suelo para no resbalarse, siendo muy recomendable en las zonas de mayor desnivel bajar de medio lado e incluso trotando. En poco más de 10 minutos estábamos abajo y dimos por terminado el día, aunque esperamos volver por la zona para explorar la zona de Hoyo de Manzanares y alrededores.




lunes, 9 de enero de 2017

Visita exprés a Los Arribes del Duero



Con la reciente afición entre mi hermano y yo por conocer cascadas, tenía ganas de acercarme a los Arribes del Duero, para visualizar la valorada por muchos como la mejor cascada de España, el Pozo de los Humos.
Así que pensé que un día de Diciembre, entre semana, podría ser un buen momento para ello.

Salimos pronto de Madrid, con frío y niebla. Según avanzábamos dirección Ávila y luego Salamanca la niebla se hacía más densa, y ya llegados a la capital salmantina no se veía casi nada.
Así que además de estar bastante avanzada la mañana, con lo cual íbamos a tener poco tiempo, corríamos el riesgo de hacer el viaje en balde y no poder ver nada por la espesa niebla.

Hicimos una parada en Ledesma para tomar un café y nos quedamos con ganas de dar una vuelta por el pueblo, pero había que intentar llegar. Realmente fui muy optimista haciendo el cálculo, ya que realmente íbamos a la frontera con Portugal, no a 100 kilómetros de Madrid.
A la altura del inmenso embalse de La Almendra se empezaba a ver algo más y ya llegando al pueblo de Pereña de la Ribera el día se había arreglado bastante y nuestro optimismo crecía.

Desde el pueblo hay carteles que indican tanto el Pozo Airón como el Pozo de los Humos, pero una vez en los caminos es fácil despistarse y equivocarse, sólo para el Pozo Airón, no el de Los Humos.
Para ir al Pozo Airón, nuestro primer destino, hay que coger el camino más a la derecha posible y no desviarse de él. Hay otro camino bastante paralelo que va a dar a una construcción donde el camino termina en una ladera sin ninguna salida. Si no os queda claro, lo mejor activar el Google Maps, que te sitúa muy bien.
Al final se llega a un mínimo claro, donde dejar el coche, del que sale ya un camino estrecho para peatones. Al borde de ese camino va corriendo un fino arroyo de agua. Siguiendo el camino durante 15 o 20 minutos se va oyendo la caída de agua.

El camino empieza a descender hacia la cascada la cual ya empieza a divisarse.
Al llegar abajo el sitio es espectacular, acrecentado por el silencio y el no encontrarnos ni una sola persona, con la pequeña cantidad de la escasa cantidad de agua que vertía la cascada.
Una hendidura en la roca en forma de cueva, pudiéndote situar detrás de la cascada le daba un toque de singularidad.
El emplazamiento es espectacular.





Vuelta deshaciendo el camino andado, casi siempre en cuesta y al coche a por el siguiente punto planificado en el día.
Nos dirigimos hacia el famoso Pozo de los Humos, que tiene dos sitios para visitarlo, desde Pereña de la Ribera y desde Aldeadávila de la Ribera. Ya que estábamos en el primero pues hicimos la visita desde allí.
Siguiendo las indicaciones llegas en coche hasta un aparcamiento, muy cercano al mirador sobre la cascada.
Así que tras andar 3 o 4 minutos se abrió ante nosotros el espectacular paraje, vista de frente, a unos 200 metros de distancia, con la única pega de la escasa cantidad de agua que vertía la cascada.

Un entorno inmejorable, sin ni una sola persona y ni un solo ruido, que deja boquiabierto a cualquiera.
El sitio es idílico, pero habrá que volver para verlo con una buena cantidad de agua.
La otra ruta, a pie, desde Aldeadávila, te deja encima de la cascada, pero visto el poco agua que traía y el tiempo que nos iba a llevar hacerla, decidimos dejarla para otra ocasión.





Estábamos muy cerca de Aldeadávila pero había que recorrer un buen trecho para llegar, primero volviendo por camino de tierra hasta Pereña y luego por carretera salvando la orografía.
Una vez en Aldeadávila paramos en una fuente muy chula del pueblo, donde no había ni "una rata", y nos dirigimos a lo que nos quedaba pendiente.
Saliendo del pueblo a mano derecha tomamos un desvío que nos llevaba en primera instancia hasta El Picón de Felipe.

Dejamos el coche al lado de un merendero y andamos unos 10 minutos por un camino sin pérdida hasta el mirador conocido como El Picón de Felipe desde el cual pudimos contemplar unas vistas impresionantes.
A mano izquierda y derecha se extendía el Río Duero, manso, sigiloso, entre el cañón que ha ido formando a lo largo de multitud de años.





Un remanso de paz, tranquilidad y belleza como pocos había visto.
Después de permanecer unos minutos allí purificándose y enriqueciendo la vista retornamos para completar el cuarto hito marcado en el planning, el Mirador del Fraile.

Una vez retornado al coche, tan sólo hubo que recorrer unos metros dirección a la presa de Aldeadávila, hasta que una verja impedía continuar el camino. Allí aparcamos el coche y nos emplazamos sobre el mirador, con unas vistas también preciosas, en este caso del río y de la presa.





Fue el único punto del día en el que tuvimos compañía, la de dos águilas posadas sobre una roca, que al poco decidieron hacer una exhibición de vuelo para nosotros.
Planning cumplido a la perfección, aunque parecía una locura, y suerte que al final el día nos permitió disfrutar del entorno.

Así que, como todavía había luz, emprendimos el camino de vuelta, con la intención de realizar una parada en Ledesma y dar una vuelta por el pueblo.
Cedí mi coche a mi hermano para que compartiera el cansancio de la conducción y llegamos a Ledesma con un poco luz todavía.
Dimos una vuelta por sus calles, rincones, hasta que nos asomamos al Tormes, donde se contemplaba un bonito puente, posiblemente medieval. En las inmediaciones hay más puentes, uno de ellos romanos, pero la escasez de luz y su situación nos impidió ir. Rodeamos el pueblo paralelos al río hasta alcanzar la imagen más representativa del pueblo, la puerta
de acceso a su castillo-muralla.





Después de eso, un café en el mismo sitio que lo habíamos tomado cuando paramos por la mañana y ya rumbo directo hasta Madrid sin más paradas.
El planning salió bien a pesar del tiempo que tardamos en llegar y lo corto que era el día, y pudimos ver esos cuatro sitios, pero habrá que volver para ver las cascadas en su esplendor y hacer la ruta a pie desde Aldeadávila hasta los pies del Pozo de los Humos.


Cascada del Hornillo



Algo rápido (para los que vivimos en Madrid) para pasar un rato por la mañana en un día de diario en el que estás de vacaciones y anocheciendo pronto es visitar la Cascada del Hornillo en el termino municipal de Santa María de la Alameda, un pueblo metido casi en la provincia de Ávila y encaramado en una zona accidentada.

Hay que llegar hasta el Escorial y coger la carretera dirección Ávila, una vez subido el Puerto de la Cruz Verde, poco después hay un desvío a la derecha dirección Robledondo, el cuál tenemos que tomar, y una vez atravesado el pueblo se sigue dirección Santa María de la Alameda por una carretera en pendiente descendente.
Justo cuando termina esa pendiente descendiente y va a comenzar el ascenso hacia Santa María, a mano derecha hay un pequeño aparcamiento y la indicación de la ruta hacia la cascada.

La ruta es corta y muy sencilla, unos 15-20 minutos.
Se empieza avanzando por una zona frondosa, con el camino lleno de hojas secas, en un paraje realmente bonito y poco a poco se va abriendo la garganta un poco más, empezándose con más intensidad el descenso del agua que lleva el Arroyo de la Aceña, procedente de la presa del mismo nombre, situada más arriba junto al bonito pueblo de Peguerinos.

Al poco nos topamos con el salto de agua, que para lo poco que había llovido traía un buen caudal y que está en un entorno muy bonito.
Una ruta muy corta que se puede completar y ampliar siguiendo más arriba o en su defecto volviendo al aparcamiento donde hay un merendero y si no hace mucho frío se puede aprovechar para pasar un rato desayunando o merendando y disfrutando del entorno.






La ruta se puede ampliar más allá de la cascada, éste esta es una buena indicación de como hacerlo. En nuestro caso decidimos ir a buscar unos níscalos por zonas cercanas, sin mucha suerte eso sí.


martes, 17 de mayo de 2016

Chorro Grande de La Granja y Chorro de Navafría



Mucho más conocidas que las cascadas visitadas la semana pasada por su ubicación y por ser más accesibles fueron las visitadas ayer.

En este caso el menú constó de dos platos

1-Ruta al Chorro Grande de La Granja
2-Ruta al Chorro de Navafría

Partiendo desde Madrid por la A-6 hasta Villalba y subiendo el puerto de Navacerrada llegamos antes de las diez de la mañana al Real Sitio de La Granja de San Ildefonso.
Tras tomar un café para despertar y activar el cuerpo aparcamos al final de la urbanización donde comienza la ruta.

Desde algunos puntos de La Granja se divisa y se localiza perfectamente la cascada.
La ruta transcurre en todo momento por una senda sin ninguna dificultad y paralela a un arroyo con lo que no tiene perdida y acabas topándote con el chorro quieras o no.

En poco más de media hora se alcanza el último tramo de la cascada, pero claro allí abajo no se ve íntegra como desde la distancia. No obstante puedes trepar para posicionarte a mitad de ella y tener así distintos puntos de vista de la misma.



Es la primera vez que la veía y no sé como ha estado en otras ocasiones, pero después de una semana de lluvias y quedando todavía nieve en Peñalara pues allí caía agua sin parar.
Son muy interesantes también las vistas hacia Segovia desde el Chorro, emergiendo la silueta de la Catedral, evidentemente el Acueducto no se divisa desde fuera y también la estampa de La Granja a los pies de la montaña.



Después de la sesión fotográfica de rigor, vuelta al origen de la ruta.

Tuvimos la suerte de no encontrar casi gente subiendo y en la propia cascada, a la vuelta ya subía bastante más gente.


Ya en marcha hacia el segundo destino del día, desde la carretera se observaba otra cascada al este del Chorro Grande, donde habíamos estado, que quizás sea motivo de otra visita a la zona.
Pusimos rumbo a Navafría, donde después de cruzar el pueblo un desvío a la derecha nos indicaba el Area Recreativa desde el cual partiríamos hacia la segunda cascada.
Una vez pagada la entrada, 4,50 euros por vehículo justo desde ese fin de semana hasta septiembre creo, aparcamos en un entorno privilegiado.
Al lado del río, con un montón de mesas para comer entre sol y sombra, y con posibilidad de hacer barbacoas.
Lástima que no fuéramos preparados para esto último porque el olor de la comida de otros turistas daba mucho hambre.
Eso sí, nos alimentamos con un buen bocadillo de jamón antes de emprender la ruta.

El camino a la cascada sale del final del área recreativa, un cartel nos desvía hacia la izquierda y empezamos a ascender por una vereda entre pinos de Valsaín de gran altura, con mucho verde a ambos lados y el arroyo a la izquierda.



También se puede hacer la ruta por el otro lado del arroyo pero ya quedará para otro día.
El desvío marcaba 20 minutos y efectivamente en ese tiempo se empieza a oír el estruendo del agua precipitándose y se atisba entre los pinos el salto de agua.
Al llegar el enclave es precioso, con un puente para observar de frente la cascada.
A mano derecha se han habilitado unas escaleras de piedra para poder acceder hasta la mitad de la cascada y ver el segundo tramo de caída que desde abajo no se puede apreciar, y ya sin escaleras incluso se puede trepar más arriba para ver la parte más alta del salto.



La cascada me resultó más bonita, más grande y más espectacular de lo esperado y sorprendentemente no es tan conocida, la mayoría de la gente de Madrid que conoce alguna es la del Purgatorio en Rascafría.

Una vez contemplada la cascada nada más comenzar a bajar encontramos el indicativo de una ruta que escalaba ladera arriba.
Empezamos a hacer eses mientras mi reloj-altímetro iba incrementando la altitud, desde unos 1350 de comienzo hasta próximos a los 1700.
La senda inicialmente indicaba una fuente que no encontramos y posteriormente se convirtió en el Mirador del Pasil.
Llegado un momento por encima de la cascada y oyendo el arroyo más abajo había una bifurcación y nos quedamos con la incógnita de donde se iba por donde no fuimos.
Seguimos el indicador de Mirador del Pasil pero tampoco encontramos un mirador como tal.
Al final empalmamos con un camino muy bien marcado que aunque inicialmente en dirección contraria, finalmente acaba desembocando en ese final del área recreativa donde iniciamos a mano izquierda la subida al Chorro.

Por esta senda que puede tener aproximadamente 5 kilómetros divisamos a lo lejos un salto de agua entre el espeso arbolado que cubría todo el valle, esperemos en una próxima tener la posibilidad.
Durante toda esta ruta fuimos encontrando caídas de agua por la ladera, la mayoría pequeñas pero alguna un poco más abundante.




Y además en este tramo, por el que no coincidimos con ninguna persona (todo el mundo va exclusivamente a ver el Chorro), también nos cruzamos con dos cervatillos.

Una vez de regreso al parking ya solo quedaba volver a casa, pero con la sensación que allí se habían quedado rutas por hacer y por lo tanto marcado como un lugar al que regresar.

martes, 10 de mayo de 2016

Rutas por los pueblos negros de Guadalajara y sus cascadas



Cada vez me satura más la contaminación, el ruido, el estrés y la masificación de la gran ciudad.
Así que no hay nada mejor que salir a estar en contacto con la naturaleza y descubrir rincones bien bonitos,
pero a ser posible que estén muy aislados o visitarlos en un día de diario para evitar que estén masificados, ya que eso es de lo voy huyendo.
Principalmente me atraen las cascadas y hecho por el hombre los puentes, pero cualquier otro accidente geográfico o ruta con encanto es bienvenida.
Fuentes, montes, montañas, ríos ...



Vamos a empezar esta aventura con un tres en uno que hice con mi hermano el pasado 4 de mayo.
El destino, la poco conocida zona de los pueblos negros de Guadalajara.
El menú:
-De primero, la chorrera de Despeñalagua en Valverde de los Arroyos
-De segundo, las cascadas del Aljibe en Roblelacasa
-De postre, el reventón del Cañamar en Peñalba de la Sierra


Aunque se pasa mucho tiempo en la carretera, la recompensa merece la pena. Tres accidentes geográficos dignos de ver.
No sabría con cual quedarme, las tres diferentes y las tres muy chulas.

Haceros con un mapa, aunque sea impreso, de la Vía Michelín, ya que por ejemplo en la Guía Repsol no aparecen todas las carreteras existentes y para llegar al último destino os obligaría a hacer muchísimos kilómetros cuando realmente hay un enlace, aunque tenga tramos en mal estado.

Os adjunto mapa:


Después de emplear más de dos horas en llegar hasta Valverde de los Arroyos, dejando atrás kilómetros y kilómetros de tierras poco habitadas y adentrándonos en una zona de continuo sube y baja estábamos en disposición de iniciar la primera ruta. A los pies del punto más alto de la provincia de Guadalajara, el pico Ocejón con sus 2049 metros, pero realmente sin verlo físicamente.




Aparcando en la zona habilitada a ello y echando en la mochila unos cuantos víveres necesarios atravesamos el pueblo rumbo a la parte más alta del mismo.




Se llega a un prado con un par de porterías que es el punto de salida de la ruta.
No tiene perdida, hay que seguir el camino perfectamente marcado y que lleva una canalización de agua de manera continuada en su margen derecha en sentido ida.

Aunque en algún momento nos podemos confundir, nunca hay que descender ni acercarse al arroyo que transcurre a nuestra izquierda, sería síntoma de que nos hemos salido del sendero oficial.
La ruta en sí no es larga, unos 40 minutos yendo tranquilos.
De hecho al poco de salir del pueblo y coger el sendero ya se ve a lo lejos la cascada, en una estampa muy impactante.
Continuamente por nuestra derecha va cayendo agua que recoge la canalización que os he comentado.

Nos vamos acercando rápidamente hasta la chorrera y una vez allí, prácticamente debajo de ella, vemos que son dos vías de agua las que caen. La altura de la chorrera es considerable, de hecho habré visto solo uno o dos saltos de agua con semejante altura.




Una vez contemplado a deshacer el camino andado.

Casi llegando al pueblo hay un desvío con dos rutas, una que te sube hasta el Ocejón y otra que te lleva hasta Majaelrayo,
al otro lado de este pico. Curiosamente sólo te marca 8,5 kilómetros, cuando por carretera hay que hacer muchos más.
Llegada al coche y en marcha para buscar el segundo plato del día.


Tranquilamente recorremos la distancia que separa Valverde de los Arroyos de Majaelrayo, pueblo más importante de la zona de los Pueblos Negros. Antes de llegar a Majaelrayo, a la altura de Campillo de Ranas, tomamos un desvío que nos lleva al próximo y minúsculo pueblo de Roblelacasa, donde no me pareció ver ningún habitante, aunque si vacas, con lo cual alguno habría.
Una vez estacionados y habiendo protegido el cuerpo ya que el calor era evidente, leí un poco las indicaciones de la ruta y nos pusimos en marcha.

En la calle que queda a la derecha de la plaza, por llamarle algo, del pueblo (una fuente os servirá para localizar la plaza) hay un poste que indica el comienzo de la ruta.
Vamos saliendo del pueblo por el camino y va quedando a nuestra izquierda en una bonita postal. La pista es ideal, ya que es muy cómoda y no ofrece posibilidad de perderse.
Eso sí, no hay ninguna sombra.



Vamos bajando continuamente, ya que aunque no nos demos cuenta, a la vuelta si que se hacen notar las tres o cuatro cuestas que hay que afrontar.
Siempre consultando mi valioso reloj con altímetro para ir viendo como nos movemos. En este caso en torno a los 1100 o 1200 metros de altitud.
Nos vamos acercando al río Jarama. Al otro lado ya vemos el asentamiento del pueblo abandonado de Matallana. La verdad es que se hace difícil pensar en que allí viviera alguien por lo incomunicado del sitio.

Ya atisbando el río vemos el puentecillo que lo salva y que nos permitiría llegar hasta Matallana, y aunque el desvío hacia la Cascada está antes bajamos al puente.
Un medidor de caudal nos indica que el río lleva casi un metro de agua a pesar de que el cauce es estrecho.
Deshacemos unos metros y nos posicionamos sobre el desvío hacia la cascada.
Cogemos un sendero que va alejándose un poco del cauce del río y que va continuamente ascendiendo.

Recorremos apenas un kilómetro y vemos otra garganta por la que aparentemente se descuelga otro arroyo que va a caer al Jarama. Ahí abajo, aunque inicialmente no lo parezca están las cascadas.
Descendemos y llegamos hasta el corte de la piedra donde se observa el arroyo y las cascadas, aunque no en la mejor perspectiva.
Un poco más arriba en el arroyo un puente prefabricado con unos troncos y que pone a prueba nuestro equilibrio nos permite cruzar al otro lado y conseguir la vista desde el otro lateral de las cascadas y sobre todo la vista frontal, la que yo había visto en fotografías y la más bonita.

Dos saltos de agua consecutivos con dos pozas en la que es posible bañarse, aunque sea complicado acceder hasta ellas.
Incomparable paisaje perdido en medio de la nada.




Ahora tocaba la pereza de volver, teniendo en cuenta el sol, la falta de sombras y que todo lo bajado antes tocaba ahora subirlo.
Tras una hora o un poco más de vuelta, al llegar al pueblo la zona de acceso estaba invadida por ganado vacuno,
pastando al lado y casi dentro del pueblo, y una vaca un poco mal encarada nos cortaba el camino.
Fue una situación curiosa ya que no se quería quitar y además hacia amagos como de arrancarse, jejeje.
Finalmente aprovechando un momento en que se dio la vuelta pudimos pasar y acceder al pueblo, no sin antes esquivar las múltiples cagadas que habían dejado.


Después de reponer fuerzas brevemente tocaba partir hacia el postre. Serían las 5 de la tarde aproximadamente, pero el sol seguía calentando y quedaba luz solar suficiente para afrontar el tercer envite.
Lo difícil era ahora encontrar la ruta. Este tramo de carretera no aparecía en muchos sitios y nos hizo estar desorientados unos minutos, pero finalmente saliendo del pueblo por donde habíamos entrado y antes de llegar a Campillo de Ranas había un desvío, sin indicar ningún pueblo que decidimos coger.
La carretera evidentemente en mal estado, a tramos regular, pero a tramos muy mal.
Calculo que no deben pasar más de 5 o 10 coches al día por ella.

Tras un par de kilómetros se abrió ante nosotros una garganta por la cual discurre al río Jaramilla.
Pero la garganta casi asusta. Delante un fuerte desnivel para bajar en tres eses hasta el puente que salva al río y enfrente otras cuantas que trepan por el otro lado, el enclave es magnifíco y singular.
Una vez cruzado el puente y comenzado el ascenso al otro lado del río, en una parada pude apreciar que aquello es lo que había leído que se llamaba "La Gran Muralla", y efectivamente guarda cierto parecido.

Una foto vale más que mil palabras.




Seguimos ascendiendo, posiblemente 2 kilómetros en torno al 15% de desnivel y después de manera menos pronunciada hasta llegar, en torno a los 1500 metros sobre el nivel del mar, al incomunicado e imagino que casi deshabitado pueblo de Corralejo.
La carretera al paso por él es calamitosa y sólo pudimos apreciar ganado, ninguna persona.

Unos kilómetros más allá y después de dejar el desvío que a la vuelta nos introduciría en la Comunidad de Madrid por el municipio de La Hiruela seguimos ascendiendo hasta coronar un monte desde el que se divisaba el pueblo de Peñalba de la Sierra, rodeado por montañas de más de 1700 metros y con esta carretera como única de salida de su enclave.
Un municipio que según leí solo cuenta con 4 habitantes, donde no hay pan más que una vez cada cinco días y el resto de comestibles más todavía.

Un pueblo que debe quedar aislado muchas veces en invierno pero que está localizado en un enclave privilegiado y que además esconde en sus proximidades nuestro último destino, un rincón muy bonito, un capricho de la naturaleza.

Llegado al pueblo lo curioso era que se estaban construyendo dos o tres casas nuevas.
Cogimos un bocadillo ya que la jornada iba pasando factura, en especial en mi que no estoy acostumbrado últimamente a estas palizas y líquido y nos pusimos en marcha. Esta aparentemente era la menos larga, pero el cansancio pesaba y afectaba un poco a la orientación.

Después de tener algunas dudas, salimos del pueblo por la parte de abajo, por una pradera, cruzamos el arroyo del Cañamar y cogimos fácilmente la senda, la cual no se interrumpe nunca, así que es difícil perderse.
Lo malo es que al poco la senda se aleja un poco del margen del río y cuesta un poco intuir donde está la cascada.
Empezamos a avanzar con alguna duda y sin querer pasarnos, por la hora que era ya y por el cansancio, pero se vislumbraba cerca un cortado en la roca situada en el margen derecho del río que parecía indicar que era allí.

Por si acaso un par de ciclistas que venían por la senda, aunque no se como porque es piedra sola prácticamente, nos confirmaron que más o menos era por allí.
Así que avanzamos ya con un punto fijado en el horizonte y efectivamente al llegar aproximadamente a esa altura había un hito en la senda que indicaba que allí era, y además alguien había puesto una cuerda negra agarrada a los arbustos.

El descenso es complicadillo en sí, mucho desnivel, piedras que no están fijas y se mueven al pisarlas y resbaladizo en general, además que esa cuerda a la que asirse desaparece a mitad de la bajada.
Pero bueno, con un poco de precaución se llega hasta abajo y la recompensa merece la pena.
El caudal y el ruido emitidos por el arroyo eran importantes, así que no quiero ni pensar después de esta semana de lluvias.




Espectacular el "Reventón del Cañamar", escondido allí, lejos del mundanal ruido, como si no quisiera revelar su secreto y su belleza.
Una vez saciada el ansia por conocer el salto de agua, escalamos el camino de acceso, quizás un poco menos complicado que el descenso y retornamos tranquilamente hacia Peñalba acompañados por el remanso del arroyo y la paz que te otorga el paraje.


Y con esto concluye esta primera aventura, que esperemos sean muchas más, para conocer y descubrir rincones de gran belleza que nos brinda la naturaleza y que están al alcance de todos.